Seven seconds

Siete segundos bastan para socavar la moral si es frágil

 

Seven seconds, ¿les suena? Una canción de éxito y una letra con mensaje. Pero también es una serie nueva para un tema enquistado, antiguo, de siempre, que está ahí latente y que alcanza su máxima expresión en la sociedad americana. Un problema racial no resuelto.

Netflix presentaba meses atrás esta serie dramática a la que se le auguraba alguna que otra temporada más, pero que ha quedado al final en una sola.

Son diez capítulos con episodios que rondan los 60 minutos, salvo el último, algo más extenso. Una serie premiada, coral, con grandes actuaciones, con personajes reales, vulnerables, que evolucionan y asumen la realidad que impone el drama como mejor pueden, como seguro pasará en las calles de cualquier ciudad americana, donde la integración nunca fue real. Donde solo se impone la cruda realidad de una policía corrupta, quizá por falta de medios; la cruda realidad del mercado de drogas como salida blanqueada para los que nunca tendrán oportunidades.

Seven seconds nos traslada al invierno de Jersey City. Un invierno también crudo, sucio y que nos deja siempre de fondo la silueta de la estatua de la Libertad. La misma libertad que ansían muchas personas anónimas encorsetadas en sus desgraciadas vidas estereotipadas y de las que no parecen encontrar salida.

El detonante, en este caso, un accidente de un adolescente afroamericano provocado por un policía desata toda una ola de reacciones en una comunidad tensa que reclama explicaciones. Eso es Seven Seconds, a partir de ahí: polis, asuntos internos, mafias, política, prensa, una abogada que lucha con sus propios fantasmas y unos padres destrozados que desencadenan una investigación y un posterior juicio, mientras sufren la descomposición de su propia relación.

Moral por los suelos

Una serie que invita a la reflexión de todo lo que queda por hacer y de los frágiles cimientos que sustentan nuestra sociedad actual. Unos cimientos tan frágiles que pueden acabar con nuestra moral por los suelos. ¿Cómo vamos a hablar con libertad de religión, de política o de elección sexual, si ni tan siquiera entendemos que el color de piel no es una diferencia?

Y una conclusión final, si camináramos cogiendo de una mano a la libertad y de la otra a la responsabilidad, igual la justicia recobraba la vista.

Artículo de Pere Ferrer, consultor en comunicación en Agua y Sal, publicado en la edicíon de abril de El Periódico de Aquí.

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