verdades que no ofenden

Verdades que (no) ofenden

Hay una verdad absoluta que planea sobre las cabezas de los medios y, por ende, sobre los que en ellos trabajan: la democratización que propició internet ha derivado en que hasta ‘las cosas’ acaben conectadas (internet de las cosas) y en ese totum revolutum los medios de comunicación son ya solo ‘una cosa’ más, de referencia, pero una cosa más en un mar de navegación comunicante. Asumámoslo.

Aun recuerdo removerme en mi butaca cuando asistiendo a eventos de medios (de los de toda la vida) escuchaba, no hace mucho, a sus directores de turno decir que: ‘las redes son una moda pasajera, y cuando estas se vayan nosotros seguiremos’. Y yo pensaba: ¡Señor, a quién hemos confiado la profesión! (visualizar con el emoticono del que se lleva una mano a la cabeza en señal de desconsuelo).

A aquellos que dirigen medios, a los que intentamos hacernos un hueco digno en la profesión, ahí va un medio ruego, medio lamento: dejemos de mirarnos un ombligo que ya solo es un agujero vacío. Y dignifiquemos la profesión a partir de dos ‘ces’ que definen una idea en su conjunto: calidad en el contenido. Porque para recuperar aquellas tres ‘ces’ que nos trasladaban con sopor en la universidad, aquellas del ‘claro, conciso y concreto’ ya están los algoritmos, no nos necesitan a nosotros.

Sexadores de pollos

Por mucho que se empeñen los señores del share, los ‘ojotadeteros’, los contadores de gallinas, los sexadores de pollos… la realidad ya camina por otros foros, por otros derroteros, solo falta ya ‘un telediario’ para que las nuevas generaciones de los que trocean las cuentas de publicidad, releven a sus antecesores en el cargo. Verán el vuelco que pega esto y cómo se resuelve la manida ecuación de la falta de ‘monetización’ de lo digital; aunque no nos engañemos, las partidas irán a la baja, porque si el sitio en el que nos desenvolvemos es democrático, es más de baratillo, las inversiones no requerirán tantos ceros como antaño.

No hay más que ver los datos (fin 2017 frente previsión fin 2018) de publicidad: la TV convencional pierde el -1,7%; la prensa el -6,6%; las revistas el – 7,9% y los medios digitales, por el contrario, crecen un 11% y la publicidad en redes sociales aumenta un 16,2%. Cabe decir que la radio y el cine, por su parte, también se mantienen en positivo.

Info a la carta

El consumo de información ‘a la carta’ gana cuota en la descarga de podcast, en el visionado de la televisión a través de plataformas, la información nos llega a través de las redes, ya sean o no de medios y por no desmerecer a estos, desde sus webs. Todo se vuelve más personalista.

El Periódico de Aquí, por ejemplo, trabaja día a día por realizar una buena lectura de esa realidad y traslada su información por las redes sociales, enlaza su información a una web, recientemente remozada y recurre al papel cada quince días o mensualmente, en sus diferentes ediciones, como punto de encuentro entre el medio y sus lectores. Una manera de verse las caras, de mantener el contacto, de ‘tocarse’ y conocerse mejor, al detalle, porque para informarse en el día a día ya navegamos juntos por web y redes.

Pero el cambio está ahí, si la función periodística se reduce solo a informar, vamos mal, existen canales que ya lo hacen; si la función periodística ofrece una información que, por encima del resto, destaca por ser veraz, esto empieza a quedar en entredicho, a tenor de algunos deleznables ejemplos que empañan la función del resto; si la función periodística es un ejercicio clave para ejercer control político y denunciar la corrupción en las instituciones, no será suficiente, dado el escaso interés que la política despierta ya en la sociedad (por hastío), es como la información de guerra, de catástrofes en continentes lejanos… al final generan desafección en la ciudadanía, que mira a otro lado como ejercicio de supervivencia. No nos engañemos, la política interesa a los políticos, a la propia prensa, a los cuatro que detentan el poder (que no están en política, ni en medios) y poco más. Triste, pero real.

En conclusión, contenido de calidad, pero ¿será suficiente? Sobre todo, ante aquellos que perdieron la necesidad de informarse, por qué no decirlo, de culturizarse o ante aquellos que nacen y ni tan siquiera tienen esa necesidad inherente (esto es mucho más grave). El problema, en definitiva, no es si está en riesgo la profesión periodística (que lo está), sino qué carajo de sistema educativo tenemos, que parece regirse por una base de mínimos, y en el que la capacidad de discernir, entre verdadero y falso, se ha perdido como objetivo prioritario para formar a las nuevas generaciones con una inquietud curiosa, que sirva de base para hacerlas, con el tiempo, mejores personas. Porque la curiosidad siempre fue una característica propia de los periodistas. La curiosidad es una motivación que nos ayuda aprender, nace dentro de nosotros y nos impulsa a descubrir y desear experimentar cosas nuevas. Seamos tecnológicos, pero no autómatas. No renunciemos a la curiosidad y no se perderá la función periodística.

Artículo publicado en la versión en papel de El Periódico de Aquí de noviembre.

Escrito por Pere Ferrer (@perefe), periodista y consultor en comunicación en Agua y Sal Comunicación.

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