¡«Ira, chacha», qué lengua más bonica!

Si alguna vez habéis estado en mi pueblo, Ayora, seguro que habéis escuchado la expresión: «¡Ira chacha!».

Es una de las locuciones más características del municipio, apócope de «mira muchacha» y también el título de los libros publicados por el escritor local, José Martínez Sevilla. A Pepe le debemos esta recopilación de palabras tan especiales con las que nos hemos criado. Un diccionario del que el propio Miguel Delibes dijo: «Muy minucioso, donde se encuentran palabras y expresiones hondamente originales del lenguaje de Ayora».

Libro de José Martínez Sevilla, conocido como «Pepe» en Ayora.

 

Yo todavía conservo muchas de esas palabras y, en ocasiones, me gusta utilizarlas, ya que crecí escuchándolas y me gustaría que perdurasen. «Abonico» (en voz baja), «bambolla» (ampolla), «bonico» (aquello que resulta bien, se dice que queda bonico). Y también «calvizón» (cachete), «capuzón» (tirarse de cabeza al agua) o «escarcil» (alcachofa), ¡y son solo algunas! Muchas de estas expresiones nos recuerdan a vocablos valencianos, y es que Ayora es un municipio del interior de la provincia de València, próximo a la provincia de Albacete.

Además de este peculiar lenguaje, Ayora tiene mucha historia y lugares preciosos para visitar. A tan solo 140 kilómetros de Valencia, podéis visitarla y pasar un día maravilloso en su castillo, que se alza sobre un cerro de 640 metros de altitud, varias iglesias y la ruta del «hilo rojo», que permite conocer todos los rincones de la población. También podéis aprovechar para comprar miel, el producto estrella de la gastronomía, al ser uno de los mayores centros de producción de miel de toda España. Y, sin lugar a dudas, degustar los gazpachos ayorinos, el plato típico.

¡Allí os daremos una gran bienvenida!

Desirée Tornero es directora de Agua y Sal comunicación, apasionada por la vida buena y 100 % ayorina. La podéis seguir en RRSS como @deseada73 o @desireetornero

De romanos, vulvas no me salen

Nos han timado a todas y a todos. Desde que nos enseñaron que el masculino genérico incluía a las mujeres, empezamos a usarlo sin preguntarnos nada y a mí me han pasado cuarenta años. Hace poco, asistí con una amiga periodista a una charla de la filóloga, feminista y especialista en lenguaje inclusivo y no sexista, Teresa Meana. Tenía algunas dudas y, de repente, se  volatilizaron dando paso a una gran claridad. 

Si leemos:

Cansados, llegaron los tres al pueblo.

¿En qué pensamos?: ¿los amigos?, ¿los hidalgos?, ¿los chavales? Pues no, se trataba de dos mujeres y un caballo.

Todas nos transformábamos en todos en el momento en que un niño, adulto o hasta un caballo entraba en la sala. Fuéramos una o quinientas éramos todos. Todavía hoy seguimos siéndolo en muchos textos y bocas, aunque cada vez menos. Hoy sabemos, gracias a estudios como este del departamento de Artes Plásticas del IES Berenguer Dalmau (Catarroja), que el masculino genérico NO incluye a las mujeres.  Ni en el imaginario de la persona que lo lee, ni en el de la que habla o escribe. Podéis sacar vuestras propias conclusiones diciéndole a vuestras hijas o hijos que dibujen dos astronautas, tres presidentes y una sala de enfermeros (todos muy masculinos genéricos). El timo de la estampita en la lengua ha durado bastante, y ahora que tengo voz, voy a usarla de por vida.

Para la RAE, y tristemente para toda la sociedad, el uso genérico del masculino «tiene que ver simplemente con el principio básico de la economía lingüística». Se han ahorrado nombrarnos durante demasiados años, y ya es hora de emerger del limbo lingüístico para tener presencia en la imagen colectiva. Y si tú crees que estás incluida, allá va otro ejemplo:

Los romanos vivían en villas.

Si estás pensando en mujeres es porque te lo he sugerido yo antes, o porque eres del 0,1 % de la población. A mí se me presentan señores romanos con faldas, eso sí, y que vuele la imaginación. Pero de romanos, vulvas no me salen.

Aunque no ha sido siempre así en la historia, este fragmento del Decreto de expulsión de los judíos (y judías, claro), de 1492, nos descubre lo contrario:

«E mandamos que nadie de nuestros reinos sea osado de
recebir, acoger o defender pública o secretamente a judío nin judía pasado el término de julio so pena de confiscación de todos sus bienes. 
Dado en esta ciudad de Granada el Treinta y uno dí­a de marzo del año de nuestro señor Jesucristo de 1492. Firmado Yo, el Rey, Yo la Reina, y Juan de Coloma, secretario del Rey y la Reina quien lo ha escrito por orden de sus Majestades».

Teresa Meana dice lo siguiente al respecto de la citada economía del lenguaje: «No es una repetición nombrar en masculino y femenino cuando se representa a grupos mixtos. Son realidades diferentes y como tales deben ser nombradas. Así pues, no es duplicar ya que duplicar es hacer una copia y no es el caso. Tampoco es válida la objeción que remite a la economía del lenguaje. Éste es una herramienta a nuestro servicio, y son las inquietudes, vivencias y pensamientos que volcamos en él los condicionantes que realmente limitan nuestros usos, no el lenguaje en sí mismo».

Para mí, la economía del lenguaje es otro invento más para quien quiera ahorrarse a las mujeres. Señores y señoras de la RAE (que hay siete de cuarenta y cinco, por cierto), de ahora en adelante no me ahorraré ni una hija, ni una amiga ni una socia.

Llevo cuarenta años enterrada en la lengua «de todos» y en la mía propia. Pasaré todo lo que me quede desenterrándonos a todas de los todos, los ciudadanos, los humanos, los romanos, los alumnos, los estudiantes, los niños o los  empleados. Y si alguien tiene dudas, que yo las tengo y muchas, aquí tenéis algunas estrategias sacadas de este libro de la filóloga para combatir el uso sexista y androcéntrico del lenguaje. Porque las palabras NO se las lleva el viento. Gracias por tu labor inmensa, Teresa.

María de Quesada es periodistaprofesora de yoga. En Agua y Sal Comunicación gestiona RRSS y crea contenidos, puedes encontrarla como @MariaDeQuesada en las redes.